La tendencia imperante en nosotros es ir hablando del qué pero no del porqué. Observamos lo que nos rodea viendo la superficie sin adentrarnos en el fundamento, y con unos conocimientos limitados, accediendo solo a fragmentos, efectuamos todo tipo de comentarios y sacamos conclusiones convencidos de estar acertados cuando es mucho más lo ignorado que lo conocido.
Acostumbramos a dar vueltas y vueltas a los mismos temas sin extraer la claridad indispensable para substituir lo perjudicial por lo benéfico, incapaces de acceder al porqué de lo debatido, que va llenando de conversaciones estériles que no conducen a nada.
Es muy facil hablar de esto o aquello, criticar sin miramientos, emitir juicios sin conocer los implicados ni saber los desencadenantes de lo que juzgamos. Opinamos sobre fracciones desligandolas del conjunto, y de esta manera el error en el veredicto es habitual por la inconciencia global.
Preocupados por lo que incide directamente, los planteamientos de lo que hacemos y decimos giran alrededor de los propios intereses. Desde este pequeño microcosmos, con un enfoque egocentrico, ponerse en lugar de otros con culturas diferentes, necesidades, en maneras de hacer, es casi imposible para la mayoría.
Lo que hago, lo que digo, lo dado y recibido como objetivo, sin profundizar en el impulso que nos lleva a estas manifestaciones. El punto de partida y destino debería estar presente y claro en las pretensiones para saber si lo deseado nos conviene o es prescindible, si hemos de insistir en ciertos temas o bien evitarlos.
Opinando sobre hechos consumados, sobre suposiciones, desde nuestra óptica, nunca sacaremos conclusiones clarificadoras.
Si no sabemos el porqué el qué no nos aportará la solución, y la tendencia es centrarse en el qué sin averiguar el porqué, de aquí la obstrucción y la dificultad de resolver múltiples cuestiones por la incapacidad de llegar al núcleo.
Una vez descubierto el porqué hemos de buscar contínuamente la armonía para que el qué de cada situación reporte el mejor contexto posible.
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