Lo mostrado de forma visible y invisible, lo tangible y intangible, es lo que aportamos. Y exactamente en la dirección opuesta. Nuestro desarrollo depende del intercambio de aportaciones. Disponemos de recursos físicos y mentales que sirven para proyectarnos y acercarnos a la consecución de propósitos. Las diversas dependencias nos obligan a buscar en otros y en la naturaleza las coberturas indispensables, y asi entramos en una rueda constante de aportaciones mutuas. Las aportaciones pueden venir de tres factores. Lo que pensamos, sentimos y hacemos. Ideas, palabras, forjadas por lo que hemos aprendido, por la visión particular y el potencial de ver en perspectiva. Lo que sentimos toca a las emociones, a la identificación con otros, la proximidad afectiva o ideológica, nexos de conexión. Y las acciones que son un compendio entre un planteamiento, un deseo y la ejecución. Según afinidades o disonancias, podemos aportar bienestar a alguien por lo que manifestamos, y exactamente lo contrario con quien puede estar a las antipodas de lo que expresamos. Lo recibido por parte de otros puede acercar o separar, entrando a colación los gustos y valores personales. La respuesta a las aportaciones externas es una cuestión de sensaciones. Si nos sentimos cómodos o incómodos, relajados o tensos, y esto depende de la sintonía, de la proximidad entre ambos de lo que pensamos, sentimos y hacemos o queremos hacer. Podemos aportar beneficios o pérdidas, ventajas o inconvenientes. No obstante, lo que en principio puede parecer adverso, a lo largo del camino a menudo conduce a un contexto mejor donde préviamente se habian de pasar ciertas pruebas. Cada uno aporta una singularidad única, por lo tanto es una oportunidad descubrir las aptitudes y aprovechar estas dentro de la diversidad ofrecida en todos nosotros.