El decorado social externo con la substitución de herramientas y materiales pesados de épocas lejanas por las actuales ligeras dotadas de grandes prestaciones para trabajar confortablemente, se debe al anhelo de reducir esfuerzos físicos y evitar un desgaste. Observando las condiciones de décadas atrás, de los últimos cien años, la sofisticación de los instrumentos que nos acompaña en el trabajo y el ámbito doméstico, ha introducido ventajas constantes. La auto motivación social se ha extendido en todos los frentes, y es una señal de avance favorable para la productividad y la ejecución que antiguamente era dura, lenta y cansada. Al tener el foco en el exterior a la búsqueda de recursos, empujados por las diversas necesidades a cubrir que dependen de intercambios, limitados en cuanto a tiempo por obligaciones, ni pensamos ni deseamos adentrarnos en la vida interna. Solo cuenta lo transmitido por los deseos, lo que vemos, tocamos, podemos pesar, experimentar. Siempre enfocados en la periferia descuidamos entrar en contacto con nuestro centro que nos indicaria lo que conviene realmente y cuales son las prioridades convenientes. Y así, apuntando a objetivos mundanos, hemos mejorado las condiciones de los instrumentos de uso, y lo hemos de aprovechar. No obstante, la desconexión interna, nos mantiene con las expresiones rudimentarias de siglos atrás, avanzando materialmente pero estancados en el desarrollo espiritual que ha de reflejar la substitución de formas obstructivas prosaicas por otras sucesivamente más refinadas exactamente igual como hemos hecho con las máquinas. Estamos muy cómodos con las herramientas, pero al no progresar nuestras expresiones mostrandolo en el comportamiento, las relaciones problemáticas y conflictos persisten y son motivo de incomodidad. Si queremos gozar el mismo confort externo de los aparatos allí donde hay malestar, hemos de introducir la sofisticación en nuestro interior para ver claro los objetivos procediendo con atención, corrección y eficacia.
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